sábado, 11 de septiembre de 2010

La carne y la olla

Esta mañana salí a la calle con la idea de comprar una olla.
Estaba buscando en varias ferreterías y tiendas de electrodomésticos cuando, enfrente del Mercado de Fuencarral, vi a un grupo de personas con carteles.
La primera llevaba un cartel de esos de "el toreo no es arte ni cultura". Seguí caminando y me topé con lo que llevaba años temiéndome. Uno de los manifestantes tenía otro cartel en el que aparecía la foto de una trucha con una mosca -un tipo de señuelo- en la boca.
Yo soy muy aficionado a la pesca, pero siempre he tenido cierta sensación de culpabilidad con ello. Estás matando a un ser vivo principalmente por la diversión que produce. Y aunque luego me lo voy a comer, sé que ahí hay algo animal, primitivo... Inhumano al fin y al cabo.
Para disculpar mi "pecado" siempre me he hecho la siguiente consideración. No es lo mismo matar a una persona que a un perro. Pero a su vez, no es lo mismo matar a un perro que, digamos, a un cerdo. Ni a un cerdo que a una gallina. Ni a una gallina que a un pez. Quiero pensar que un pez no tiene los mismos sentimientos que un perro, ni la memoria, ni su capacidad para sentir el dolor.
Esta diferencia de escala se debe al nivel intelectivo, de inteligencia, al raciocinio.. -o como lo llamemos- de cada animal.
A su vez este pensamiento me llevó a otro. 
Si diferenciamos a los seres vivos por su nivel de inteligencia, las vidas de los seres humanos tampoco deberían valer igual.
No tendría el mismo valor la vida de Gabriel García Márquez que la mía, por ejemplo.
Esto puede dar lugar a ideas rayanas en el nazismo. Esa línea de pensamiento justificaría que la vida de alguien con parálisis cerebral podría valorarse como la de un caballo, la de un delfín o la de un perro.
Incluso, como decía Gustavo Bueno, un asesino que no mostrase sentimientos de arrepentimiento, no sería humano, así que se le podría matar igual que se mata a un jabalí que destroza un campo de maíz.
Por tanto, esta teoría de los diferentes valores entre los seres vivos no me sirve para justificar mi pasión por la pesca.
Más allá vi otro hombre con un cartel que venía a decir que, con los nutrientes que hay en las plantas, podemos obtener todo lo necesario para alimentarnos sin necesidad de matar animales, comer sus huevos o beber su leche.
Esa información me hizo generar una nueva órbita concéntrica mental. 
Estoy seguro que algún día se prohibirán totalmente las corridas de toros o los concursos de atrapar a nado patos en las fiestas de los pueblos del mismo modo que hoy no se permite fumar en lugares públicos cerrados. Después se prohibirá la caza y más tarde la pesca deportiva. Finalmente habrá un montón de gente aficionada a la jardinería y al cultivo de hortalizas.
Pero, ¿no son las plantas seres vivos? Incluso podemos ir más lejos. Hay un montón de animales que están por debajo de los peces en la "escala intelectiva". Los caracoles, los escarabajos, las polillas, los gusanos, los mosquitos... Si al recolectar les quitamos las cebollas, las lechugas, los tomates o las patatas, los estamos condenando a una muerte por inanición.
Y puedo ir más lejos aún. ¿Qué pasa con todas las bacterias y bichitos microscópicos que viven en las plantas? Son también seres vivos y por tanto merecen vivir. Cuando lavamos las plantas o la fruta, los matamos y, si no muriesen así, si morirían cuando las cocinamos o nos las comemos.
Incluso cuando caminamos, cuando respiramos, cuando nuestros glóbulos blancos actúan, estamos matando. La vida mata.
Eso de los distintos valores de los seres vivos según su capacidad me generó otra nueva órbita concéntrica mental que llevó a pensar en el cerebro.
Una vez, en el programa de Punset, vi una entrevista a alguien que decía que nosotros somos nuestro cerebro. Eso que parece una cosa obvia, no lo es tanto. Por ejemplo, si un día la técnica avanzase tantísimo que se pudiesen hacer trasplantes de cerebro, si se le trasplantase el cerebro de Carmen de Mairena a Brad Pitt, aunque viésemos a Brad Pitt, sería en realidad Carmen de Mairena.
Con esta idea surgió la siguiente órbita concéntrica. Así que pensé que esto daría para una película de ciencia ficción de Hollywood.
Imaginemos que el presidente de Estados Unidos está de gira por un país de esos del eje del mal. Unos terroristas consiguen secuestrarlo e intercambian mediante cirugía los cerebros de éste con el del jefe de los terroristas. Luego, con alguna excusa, liberan al presidente con cerebro terrorista, o dicho más correctamente, al terrorista con el cuerpo del presidente, mientras que el presidente queda prisionero en el cuerpo del terrorista en algún sucio sótano.
Como el terrorista-presidente tendría la imagen del presidente, nadie dudaría de que lo es. Además se supone que el terrorista se habría estudiado toda la vida del presidente a fin de usurpar su personalidad lo mejor posible. Seguramente hablaría un poco raro o no conocería un montón de cosas que debería conocer, pero todos lo achacarían a las drogas a las que estuvo sometido por sus captores o al stress sufrido durante su secuestro. Pero de todos modos, si alguien quisiera hacerle un reconocimiento, no encontrarían nada que dijese que no es el presidente. Tendría la misma apariencia, las mismas huellas dactilares, el mismo iris... Incluso la ley reconoce a la persona por estos rasgos, y no por el cerebro. Así que no habría por dónde pillarle.
Supongo que la película seguiría este argumento: el falso presidente (Bill Pullman) llega a EE.UU. y comienza a tomar decisiones "antiamericanas". Un íntimo asesor suyo (Ben Affleck) -que ya había notado algo raro en el momento de su liberación- comienza a sospechar. Acude a un médico que ha sido apartado del Pentágono por sus ideas demasiado avanzadas sobre posibles conspiraciones terroristas (Robert Downey Jr.). Aunque el médico en un principio desconfía del asesor, finalmente -y tras usar la ironía como arma defensiva durante un par de minutos- acepta colaborar. Así que, juntos, se ponen a ello y entre los dos y con un ordenador portátil como única herramienta, confirman en un momento lo que el asesor se había temido.
Con unas pruebas muy poco demostrables acuden al vicepresidente (Morgan Freeman), que evidentemente  se muestra incrédulo, después reacio y al final, tras darse cuenta de que el presidente no recuerda uno de los momento más personales que habían vivido juntos -el espectador ya lo conocía de un conversación en el avión presidencial al principio de la película- se da cuenta de que ése que ocupa la presidencia de los EE.UU. no es su amigo íntimo.
Por un error de uno de los terroristas es descubierto el lugar de cautiverio donde se encuentra el cerebro del presidente (sí, dentro del cuerpo del terrorista). El presidente es liberado por marines de los EE.UU. y por medio de una argucia del guión, el terrorista-presidente es descubierto en directo ante las cámaras en un informativo que -casualmente- estaba viendo todo el mundo.
La película terminaría en un post-operatorio en una sala de hospital, con el asesor -que aunque es el protagonista, en esta escena se mantiene en un discreto segundo plano-, el vicepresidente y el presidente ya con cuerpo y cerebro propios. Harían un chascarrillo sobre ese tema del que hablaban en la escena inicial y que sirvió para delatar al terrorista-presidente (¿alguna misión en Vietnam?, ¿alguna juerga de cuando estudiaban juntos en la universidad?, ¿la piernas de una becaria?...). El presidente estaría infinitamente agradecido a su asesor, y le daría el beneplácito para que continuase una relación sentimental iniciada durante la trama con su hija (Scarlett Johansson) la cual siempre había sostenido que por la forma en la que la miraba el presidente, aquel no era su padre.
Y así, mientras caminaba, mi cabeza fue saltando de esa cuestión a otra y de allí a otra hasta que llegué a casa sin nada.
Se me fue la olla.

1 comentario:

Gonzalo Melero dijo...

Jajaja, buenísimo. La cosa me estaba haciendo pensar un montón y la línea conceptual del post era sesuda. Después apareció Ben Affleck, me partí de risa y la cuestión pasó a ser "cerebruda". Enhorabuena.